Martes, 18 de octubre de 2005
Por Julio Cort?zar


Hasta hace unos d?as, el ?nico recuerdo argentino que pod?a traerme mi ventana sobre la rue de Gentilly era el paso de alg?n gorri?n id?ntico a los nuestros, tan alegre, despreocupado y harag?n como los que se ba?an en nuestras fuentes o bullen en el polvo de las plazas.


Ahora unos amigos me han dejado una vitrola y unos discos de Gardel. Enseguida se comprende que a Gardel hay que escucharlo en la vitrola, con toda la distorsi?n, y la p?rdida imaginables; su voz sale de ella como la conoci? el pueblo que no pod?a escucharlo en persona, como sal?a de zaguanes y de salas en el a?o veinticuatro o veinticinco. Gardel-Razzano, entonces: "La cordobesa", "El sapo y la comadreja", "De mi tierra". Y tambi?n su voz sola, alta y llena de quiebros, con las guitarras met?licas crepitando en el fondo de las bocinas verde y rosa: "Mi noche triste", "La copa del olvido", "El taita del arrabal".

Para escucharlo hasta parece necesario el ritual previo, darle cuerda a la vitrola, ajustar la p?a. El Gardel de los pickups el?ctricos coincide con su gloria, con el cine, con una fama que le exigi? renunciamientos y traiciones. Es m?s atr?s, en los patios a la hora del mate, en las noches de verano, en las radios a galena o con las primeras lamparitas, que ?l est? en su verdad, cantando los tangos que lo resumen y lo fijan en las memorias.

Los j?venes prefieren al Gardel de "El d?a que me quieras", la hermosa voz sostenida por una orquesta que lo incita a engolarse y volverse l?rico. Los que crecimos en la amistad de los primeros discos sabemos cuanto se perdi? de "Flor de fango" a "Mi Buenos Aires querido", de "Mi noche triste" a "Sus ojos se cerraron". Un vuelco de nuestra historia moral se refleja en ese cambio como en tantos otros cambios.

El Gardel de los a?os veinte contiene y expresa al porte?o encerrado en su peque?o mundo satisfactorio: la pena, la traici?n, la miseria no son todav?a las armas con que atacar?n a partir de la otra d?cada el porte?o y el provinciano resentidos y frustrados. Una ?ltima y precaria pureza preserva a?n del derretimiento de los boleros y el radioteatro.

Gardel no causa, viviendo, la historia que ya se hizo palpable con su muerte. Crea cari?o y admiraci?n, como Legui o Justo Su?rez; da y recibe amistad, sin ninguna de las turbias razones er?ticas que sostienen el renombre de los cantores tropicales que nos visitan, o la mera delectaci?n en el mal gusto y la caballer?a resentida que explican el triunfo de un Alberto Castillo.

Cuando Gardel canta un tango, su estilo expresa el del pueblo que lo am?. La pena o la c?lera ante el abandono de la mujer son pena y c?lera concretas, apuntando a Juana o a Pepa, y no ese pretexto agresivo total que es f?cil descubrir en la voz del cantante hist?rico de este tiempo, tan bien afinado con la histeria de sus oyentes. La diferencia de tono moral que va de cantar "Lejano Buenos Aires, que lindo que has de estar!" como lo cantaba Gardel, al ululante "?Adi?s pampa m?a!" de Castillo, de la t?nica de ese viraje a que aludo. No s?lo las artes mayores reflejan el proceso de una sociedad.

Escucho una vez m?s "Mano a mano", que prefiero a cualquier otro tango y a todas las grabaciones de Gardel. La letra, implacable en su balance de la vida de una mujer que es una mujer de la vida, contiene en pocas estrofas "la suma de los actos" y el vaticinio infalible de la decadencia final. Inclinado sobre ese destino, que por un momento convivi?, el cantor no expresa c?lera ni despecho. Rechiflao en su tristeza, la evoca y ve que ha sido en su pobre vida paria s?lo una buena mujer. Hasta el final, a pesar de las apariencias, defender? la honradez esencial de su antigua amiga. Y le desear? lo mejor insistiendo en la calificaci?n.

Que el bac?n que te acamala
tenga pesos duraderos,
que te abr?s en las paradas
con cafishos milongueros,
y que digan los muchachos:
"Es una buena mujer".


Tal vez prefiero este tango porque da justa medida de lo que representa Carlos Gardel. Si sus canciones tocaron todos los registros de la sentimentalidad popular, desde el encono irremisible hasta la alegr?a del canto por el canto, desde la celebraci?n de glorias turf?sticas hasta la glosa del suceso policial, el justo medio en que se inscribe para siempre su arte es el de este tango casi contemplativo, de una serenidad que se dir?a hemos perdido sin rescate.

Si este equilibrio era precario, y exig?a el desbordamiento de baja sensualidad y triste humor que rezuma hoy de los altoparlantes y los discos populares, no es menos cierto que cabe a Gardel haber marcado su momento m?s hermoso, para muchos de nosotros definitivo e irrecuperable. En su voz de compadre porte?o se refleja, espejo sonoro, una Argentina que ya no es f?cil evocar.

Quiero irme de esta p?gina con dos an?cdotas que creo bellas y justas. La primera es a la intenci?n -y ojal? al escarmiento- de los music?logos almidonados. En un restaurante de la rue Montmartre, entre porci?n y porci?n de almejas a la marinera, ca? en hablarle a Jane Bathori de mi cari?o por Gardel. Supe entonces que el azar los hab?a acercado una vez en un viaje a?reo. ??Y qu? le pareci? Gardel??, pregunt?. La voz de Bathori -esa voz por la que en su d?a pasaron las quintaesencias de Debussy, Faur? y Ravel- me contest? emocionada: ?Il ?tait charmant, tout ? fait charmant. C'?tait un plaisir de causer avec lui?. Y despu?s, sinceramente: ?Et quelle voix!?*

La otra an?cdota se la debo a Alberto Girri, y me parece resumen perfecto de la admiraci?n de nuestro pueblo por su cantor. En un cine del barrio sur, donde exhiben "Cuesta abajo", un porte?o de pa?uelo al cuello espera el momento de entrar. Un conocido lo interpela desde la calle: ??Entr?s al bi?grafo? ?Qu? dan?? Y el otro, tranquilo: ?Dan una del mudo...?



Texto de Julio Cort?zar publicado en la revista Sur n? 223 de julio/ agosto de 1953. (www.todotango.com)



* "Era encantador, francamente encantador. Era un placer charlar con ?l.?Y qu? voz!
Publicado por Bohemk @ 2:10  | Almohadas de papel
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