S?bado, 05 de febrero de 2005
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Pont des Arts, Par?s




Cap?tulo 1



Capitulo 1

?Encontrar?a a la Maga? Tantas veces me hab?a bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el r?o me dejaba distinguirlas formas, ya su silueta delgada se inscrib?a en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los pelda?os del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonre?a sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da cites precisas es la misma que necesita pape! rayado pare escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dent?frico.
Pero ella no estar?a ahora en el puente. Su fina cara de transl?cida piel se asomar?a a viejos portales en el ghetto del Marais, quiz? estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras sub? hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conoc?amos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en Par?s, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun as? no nos buscar?amos en nuestras casas. Prefer?amos encontrarnos en el puente, en la terraza de un caf?, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. And?bamos sin buscarnos pero sabiendo que ansi?bamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordar?as quiz? de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo hab?as encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste much?simo, sobre todo pera meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distra?da y pensando en p?jaros pinto o en un dibujito que hac?an dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayo un chaparr?n y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entr?bamos en el parque, y en tu mano se arm? una cat?strofe de rel?mpagos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos re?amos como locos mientras nos empap?bamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza deb?a morir dignamente en un parque, no pod?a entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cord?n de la vereda; entonces yo lo arrolle lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde all? lo tir? con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de c?sped mojado mientras vos profer?as un grito donde vagamente cre? reconocer una imprecaci?n de walkiria. Y en el fondo del barranco se hundi? como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus f?lonesse en ?t? qu'en hiver, a la ola p?rfida, Maga, seg?n enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a arboles mojados o a actores de cine de alguna p?sima pel?cula h?ngara. Y quedo entre el pasto, m?nimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movi?, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabo. Oh Maga, y no est?bamos contentos.
?Qu? ven?a yo a hacer al Pont des Arts? Me parece que ese jueves de diciembre ten?a pensado cruzar a la villa derecha y beber vino en el cafecito de la rue des Lombards donde madame Leonie me mire la palma de la mano y me anuncia viajes y sorpresas. Nunca te lleve a que madame Leonie te mirara la palma de la mano, a lo mejor tuve miedo de que leyera en tu mano alguna verdad sobre mi, porque fuiste siempre un espejo terrible, una espantosa m?quina de repeticiones, y lo que llamamos amarnos fue quiz? que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sosten?as dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro. De manera que nunca te lleve a que madame Leonie, Maga; y s?, porque me lo dijiste, que a vos no te gustaba que yo te viese entrar en la peque?a librer?a de la rue de Verneuil, donde un anciano agobiado trace miles de fiches y sabe todo lo que puede saberse sobre historiograf?a. Ibas all? a jugar con un gato, y el viejo te dejaba entrar y no te hacia preguntas, contento de que a veces le alcanzaras alg?n libro de los estantes mas altos. Y te calentabas en su estufa de gran cano negro y no te gustaba que yo supiera que ibas a ponerte al lado de esa estufa. Pero todo esto hab?a que decirlo en su momento, solo que era dif?cil precisar el momento de una cosa, y aun ahora, acodado en e1 puente, viendo pasar una pinaza color borravino, hermos?sima como una gran cucaracha reluciente de limpieza, con una mujer de delantal blanco que colgaba ropa en un alambre de la proa, mirando sus ventanillas pintadas de verde con cortinas Hansel y Gretel, aun ahora, Maga, me preguntaba si este rodeo ten?a sentido, ya que pare llegar a la rue des Lombards me hubiera convenido m?s cruzar el Pont Saint-Michel y el Pont au Change. Pero si hubieras estado ah? esa noche, como tantas otras veces, yo habr?a sabido que el rodeo tenia un sentido, y ahora en cambio envilec?a mi fracaso llam?ndolo rodeo. - Era cuesti?n, despu?s de subirme el cuello de la canadiense, de seguir por los muelles hasta entrar en esa zona de grandes tiendas que se acaba en el Chatelet, pasar bajo la sombra violeta de la Tour Saint-Jacques y subir por mi calle pensando en que no te hab?a encontrado y en madame Leonie.
S? que un d?a llegu? a Par?s, se que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven. Se que sal?as de un caf? de la rue du Cherche-Midi y que nos hablamos. Esa tarde todo anduvo mal, porque mis costumbres argentinas me prohib?an cruzar continuamente de una vereda a otra para mirar las cosas m?s insignificantes en las vitrinas apenas iluminadas de unas calles que ya no recuerdo. Entonces te segu?a de mala gana, encontr?ndote petulante y malcriada, hasta que te cansaste de no estar cansada y nos met?amos en un caf? del Boul Mich y de golpe, entre dos medialunas, me contaste un gran pedazo de tu vida.
C?mo pod?a yo sospechar que aquello que parec?a tan mentira era verdadero, un Figari con violetas de anochecer, con caras l?vidas, con hambre y golpes en los rincones. Mas tarde te cre?, mas tarde hubo razones, hubo madame Leonie que mir?ndome la mano que hab?a dormido con tus senos me repiti? casi tus mismas palabras. "Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su p?jaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts." (Una pinaza color borravino, Maga, y por que no nos habremos ido en ella cuando todav?a era tiempo.) Y mir? que apenas nos conoc?amos y ya la vida urd?a lo necesario pare desencontrarnos minuciosamente. Como no sab?as disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quer?a era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (movi?ndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo - Maga que era la torpeza y la confusi?n pero tambi?n helechos con la firma de la arena Klee, el circo Mir?, los espejos de ceniza Vieira da Silva, un mundo donde te mov?as como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil. Y entonces en esos d?as ?bamos a los cine-clubs a ver pel?culas mudas, porque yo con mi cultura, no es cierto, y vos pabrecita no entend?as absolutamente nada de esa estridencia amarilla convulsa previa a tu nacimiento, esa emulsi?n estriada donde corr?an los muertos; pero de repente pasaba por ah? Harold Lloyd y entonces te sacud?as el agua del sue?o y al final te convenc?as de que todo hab?a estado muy bien, y que Pabst y que Fritz Lang. Me hartabas un poco con tu man?a de perfecci?n, con tus zapatos rotos, con tu negativa a aceptar lo aceptable. Com?amos hamburgers en el Carrefour de l'Odeon, y nos ?bamos en bicicleta a Montparnasse, a cualquier hotel a cualquier almohada. Pero otras veces segu?amos hasta la Porte d'Orleans, conoc?amos cada vez mejor la zona de terrenos bald?os que hay mas all? del Boulevard Jourdan, donde a veces a medianoche se reun?an los del Club de la Serpiente pare hablar con un vidente ciego, paradoja estimulante. Dej?bamos las bicicletas en la calle y nos intern?bamos de a poco, par?ndonos a mirar el cielo porque esa es una de las pocas zonas de Par?s donde el cielo vale mas que la sierra. Sentados en un mont?n de basuras fum?bamos un rato, y la Maga me acariciaba el pelo o canturreaba melod?as ni siquiera inventadas, melopeas absurdas cortadas por suspiros o recuerdos. Yo aprovechaba pare pensar en cosas in?tiles, m?todo que hab?a empezado a practicar a?os atr?s en un hospital y que cada vez me parec?a mas fecundo y necesario. Con un enorme esfuerzo, reuniendo im?genes auxiliares, pensando en olores y caras, consegu?a extraer de la nada un par de zapatos marrones que hab?a usado en Olavarr?a en 1940. Ten?an tacos de goma, suelas muy fines, y cuando llov?a me entraba el agua hasta el alma. Con ese par de zapatos en la mano del recuerdo, el resto venia solo: la cara de done Manuela, por ejemplo, o el poeta Ernesto Morroni. Pero los rechazaba porque el juego consist?a en recobrar tan solo lo insignificante, lo inostentoso, lo perecido. Temblando de no ser capaz de acordarme, atacado por la polilla que propone la prorroga, imb?cil a fuerza de besar el tiempo, terminaba por ver al lado de los zapatos una latita de Te Sol que mi madre me hab?a dado en Buenos Aires. Y la cucharita pare el te, cuchara-ratonera donde las lauchitas negras se quemaban vivas en la taza de agua lanzando burbujas chirriantes. Convencido de que el recuerdo lo guarda todo y no solamente a las Albertinas y a las grandes efem?rides del coraz?n y los rincones, me obstinaba en reconstruir el contenido de mi mesa de trabajo en Floresta, la cara de una muchacha irrecordable llamada Gekrepten, la cantidad de plumas cucharita que hab?a en mi caja de ?tiles de quinto grado, y acababa temblando de tal manera y desesper?ndome (porque nunca he podido acordarme de esas plumas cucharita, se que estaban en la caja de ?tiles, en un comportamiento especial, pero no me acuerdo de cuantas eran ni puedo precisar el momento justo en que debieron ser dos o seis), hasta que la Maga, bes?ndome y ech?ndome en la cara el humo del cigarrillo y su aliento caliente, me recobraba y nos re?amos, empez?bamos a andar de nuevo entre los montones de basura en busca de los del Club. Ya pare entonces me hab?a dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin prop?sito fijo, raz?n de los matadores de br?julas. Con la Maga habl?bamos de patafisica hasta cansarnos, porque a ella tambi?n le ocurr?a (y nuestro encuentro era eso, y tantas cosas oscuras como el f?sforo) caer de continuo en las excepciones, verse metida en casillas que no eran las de la gente, y esto sin despreciar a nadie, sin creernos Maldorores en liquidaci?n ni Melmoths privilegiadamente errantes. No me parece que la luci?rnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas mas fenomenales de este circo, y sin embargo baste suponerle una conciencia pare comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio. De la misma manera a la Maga le encantaban los l?os inveros?miles en que andaba metida siempre por cause del fracaso de las leyes en su vida. Era de las que rompen los puentes con solo cruzarlos, o se acuerdan llorando a gritos de haber visto en una vitrina el d?cimo de loter?a que acaba de ganar cinco millones. Por mi parte ya me hab?a acostumbrado a que me pasaran cosas modestamente excepcionales, y no encontraba demasiado horrible que al entrar en un cuarto a oscuras pare recoger un ?lbum de discos, sintiera bullir en la palma de la mano el cuerpo vivo de un ciempi?s gigante que hab?a elegido dormir en el lomo del ?lbum. Eso, y encontrar grandes pelusas grises o verdes dentro de un paquete de cigarrillos, u o?r el silbato de una locomotora exactamente en el momento y el tono necesarios pare incorporarse ex oficio a un pasaje de una sinfon?a de Ludwig van, o entrar a una pissottiere de la rue de Medicis y ver a un hombre que orinaba aplicadamente hasta el momento en que, apart?ndose de su comportamiento, giraba hacia m? y me mostraba, sosteni?ndolo en la palma de la mano como un objeto lit?rgico y precioso, un miembro de dimensiones y colores incre?bles, y en el mismo instante darme cuenta de que ese hombre era exactamente igual a otro (aunque no era el otro) que veinticuatro horas antes, en la Salle de Geographic, hab?a disertado sobre t?tems y tab?es, y hab?a mostrado al publico, sosteni?ndolos preciosamente en la palma de la mano, bastoncillos de marfil, plumas de p?jaro lira, monedas rituales, f?siles m?gicos, estrellas de mar, pescados secos, fotograf?as de concubinas reales, ofrendas de cazadores, enormes escarabajos embalsamados que hac?an temblar de asustada delicia a las infaltables se?oras.
En fin, no es f?cil hablar de la Maga que a esta hora anda seguramente por Belleville o Pantin, mirando aplicadamente el suelo hasta encontrar un pedazo de genero rojo. Si no lo encuentra seguir? as? toda la noche, revolver? en los tachos de basura, los ojos vidriosos, convencida de que algo horrible le va a ocurrir si no encuentra esa prenda de rescate, la se?al del perd?n o del aplazamiento. Se lo que es eso porque tambi?n obedezco a esas se?ales, tan bien hay veces en que me toca encontrar trapo rojo. Desde la infancia apenas se me cae algo al suelo tengo que levantarlo, sea lo que sea, porque si no lo hago va a ocurrir una desgracia, no a mi sino a alguien a quien amo y cuyo nombre empieza con la inicial del objeto ca?do. Lo peor es que nada puede contenerme cuando algo se me cae al suelo, ni tampoco vale que lo levante otro porque el maleficio obrar?a igual. He pasado muchas veces por loco a cause de esto y la verdad es que estoy loco cuando lo hago, cuando me precipito a juntar un l?piz o un trocito de papel que se me han ido de la mano, como la noche del terr?n de az?car en el restaurante de la rue Scribe, un restaurante bac?n con montones de gerentes, putas de zorros plateados y matrimonios bien organizados. Estabamos con Ronald y Etienne, y a mi se me cayo un terr?n de az?car que fue a parar abajo de una mesa bastante lejos de la nuestra. Lo primero que me llam? la atenci?n fue la forma en que el terr?n se hab?a alejado, porque en general los terrones de az?car se plantan apenas tocan el suelo por razones paralelep?pedas evidentes. Pero este se conduc?a como si fuera una bola de naftalina, lo cual aument? mi aprensi?n, y llegue a creer que realmente me lo hab?an arrancado de la mano. Ronald, que me conoce, miro hacia donde hab?a ido a parar el terr?n y se empez? a re?r Eso me dio todav?a mas miedo, mezclado con rabia. Un mozo se acerco pensando que se me hab?a ca?do algo precioso, una Parker o una dentadura postiza, y en realidad lo ?nico que hacia era molestarme, entonces sin pedir permiso me tire al suelo y empece a buscar el terr?n entre los zapatos de la gente que estaba llena de curiosidad creyendo (y con raz?n) que se trataba de algo importante. En la mesa hab?a una gorda pelirroja, otra menos gorda pero igualmente putona, y dos gerentes o algo as?. Lo primero que hice fue darme cuenta de que el terr?n no estaba a la vista y eso que lo hab?a visto saltar hasta los zapatos (que se mov?an inquietos como gallinas). Para peor el piso tenia alfombra, y aunque estaba asquerosa de usada el terr?n se hab?a escondido entre los pelos y no pod?a encontrarlo. E1 mozo se tiro del otro lado de la mesa y ya ?ramos dos cuadr?pedos movi?ndonos entre los zapatos-gallina que all? arriba empezaban a cacarear como locas. E1 mozo segu?a convencido de la Parker o el luis de oro, y cuando estabamos bien metidos debajo de la mesa, en una especie de gran intimidad y penumbra y el me pregunt? y yo le dije, puso una cara que era como pare pulverizarla con un fijador, pero yo no tenia ganas de re?r, el miedo me hacia una doble llave en la boca del estomago y al final me dio una verdadera desesperaci?n (el mozo se hab?a levantado furioso) y empece a agarrar los zapatos de las mujeres y a mirar si debajo del arco de la suela no estar?a agazapado el az?car, y las gallinas cacareaban, los gallos gerentes me picoteaban el lomo, o?a las carcajadas de Ronald y de Etienne mientras me mov?a de una mesa a otra hasta encontrar el az?car escondido detr?s de una pata Segundo Imperio. Y todo el mundo enfurecido, hasta yo con el az?car apretado en la palma de la mano y sintiendo como se mezclaba con el sudor de la piel, como asquerosamente se deshac?a en una especie de venganza pegajosa, esa clase de episodios todos los d?as.



Julio Cort?zar, Rayuela
Publicado por Bohemk @ 11:47
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