No se imaginan lo que me cuesta conciliar el sueño si tengo toda una cama de matrimonio para expandirme; me he acostumbrado a no dormir sola. Le he animado a salir con sus amigos, prescindir de mí, omnipresente en todas sus reuniones, le tengo una confianza ciega y de surgir un desliz... no importa, amor, yo sé que me quieres, pero así me guardo una, sabré aprovecharla (no será con cualquiera).
Al fin me duermo, después de luchar con sus dos martilleantes despertadores y desterrarlos de la habitación por esta vez, mañana no los necesita. Bendita víspera de festivo. Y de repente, no sé cuánto tiempo ha pasado, entra la luz con su voz proclamando efusivo su amor más profundo. Bendita interrupción de quien te ama. Me cuesta tanto abrir los ojos como antes la tentativa de caer completamente inerte sobre la amohada. Entiendan que no me apetezca abrir la boca, que me esté manejando como una moribunda. Y ahora, cuando se ha dado cuenta que es inútil follar con el habitual y compartido entusiasmo, me acomoda cuidadosamente sobre el colchón y me prepara para una nueva confesión, en esta ocasión no hay revelación de amor, pero sí, esta vez se supera.
Ha visto en mi teléfono demasiados mensajes de ese Tipo... Pues no he visto nada. Estaban ya abiertos. ¿Y? Corro a por el móvil, ningún mensaje nuevo. El último que me mandó, mira la fecha, 16 de abril.
Se hizo el silencio. Surgió un perdón, pero no lo acepto. Él se ha dormido, quizá tranquilo. A mi me aguarda el sofá, mi paño de lágrimas. Porque la mezquindad no tiene límites y el amor insatisfecho tampoco... no, el último mensaje data de abril y el del resto de cada uno de ellos, en quienes no dejo de pensar cada día, el de esos... no sé, ya sé les borró la fecha.
Hic et nunc, aquí y ahora, amor, pero en el sofá me pensaré el cómo.