A vosotros, los A. que habéis abandonado a la intemperie a la pequeña lechuza del corazón desorbitado, acabo de decidir descongelar el rencor necesario para abastecer la cura de un pequeño dolor que ha renacido (una nueva almohada empapada y no de sudor, y no de pasión). Vine para elevarme sobre la maldición de esta gran ciudad, pero vuelvo a sentir sobre mí tierra de cada uno de vosotros que sepulta. Nada me habéis ayudado. Mejor alejar vuestros vocativos para siempre, para siempre, para siempre.