Una bolita minúscula, pero insidiosa, enquilosada en el contorno del pecho.
Tres lágrimas como gotitas de lluvia inesperada que alertan del temporal.
Entonces se apresura a recoger su rostro tendido al sol, mojado por el llanto de lejanos días, y de la mesita de la terraza una ilusión que ha estado dibujando en acuarela sobre la pasta de un diario todavía sin historias.
Cierra los postigos del balcón y echa abajo las persianas, para ella la oscuridad entera.
Incesantemente se palpa el porvenir en un pecho que fuera más amado que su dignidad y su vida
y acurrucada llora temores, paradojas y recuerdos, mientras alcanza a besar su regazo envenenado, ese nido de escorpiones.