domingo, 04 de junio de 2006
En mi casa ya ha entrado oficialmente el verano, inagurado con un protocolo solapado del que no he sido consciente hasta que he hundido, emocionada, el filo del cuchillo sobre un hermoso melón de mi tierra, consiguiendo un suculento tajo. Y es que para los buenos sabores, sólo para las buenas cosas, he decidido tener un pedazito de arraigo. El verano entra en mi casa cuando aparece la fruta apetitosa y en abundancia, como en la reserva de un festival dionisiaco -tentando a la gula que por prescripción facultativa he de evitar-, alegrando sin propósito un tiempo de angustia, nerviosismo y otros ismos carnaza de psiquiatras. Será la frutaterapia. El verano entra en mi casa cuando mi padre, vestido con una nueva elegante camisa de lino, nos manda, con una dicción pulcrísima cual lord en su puntualidad británica a las 3 y media de la tarde, cerrar todas las ventanas para que no se escape el aire acondicionado. Entonces todos nos movemos corriendo a cerrar cada estancia y me acuerdo de las doncellas de la casa de los niños de Mary Poppins, sujetando los cacharros al acercarse la hora en la que el almirante hacía temblar las casas colindantes. Aquí temblaríamos nosotros si quedase alguna ranura abierta aún.

Y aquí estoy saboreando los restos de sabor estival y estornudando un poquito.


Este verano será extraño porque he decido que así lo sea. No quiero otra vez dos interminables e irritantes meses en la playa, ya es hora de romper el ciclo. Ayer hablé con mi Chopito y le confirmé mi decisión de abandonarme, así que a finales de junio nos pondremos a buscar un piso en madrid para las dos.


Poco le queda por hacer en la casa en la que ya ha entrado el verano, ayudó cuanto pudo o le dejaron hacer, por lo que esta señorita mete en su bolso sin fondo el espejo de verse una mujer distinta y se larga a otra parte donde intuye que le esperan en un verano distinto, muy distinto.
Publicado por Bohemk @ 21:20  | Microkosmos
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