¿Hacía falta decirlo?
Por supuesto que no.
Un día quise ser genial, poder mirar por la ventana, llorar mi soledad junto a un marido sabio, tierno y abnegado y gritar temedme tras mi muerte, creéis que tengo todo, pero nací mortalmente herida.
Y tenías todo. Tenías la palabra en tu dominio. Yo no tendré la palabra, ni la casa, ni el libro ni el marido. Moriré en un lago de aguas residuales, si acaso, aguas escasas, retorciéndome de vida ajada y no se escribirá ninguna obra para temer a cecilia.