Virginia reposa fatigada de vano esfuerzo, de vana vida, fatigada vida, la cabeza sobre el respaldo al tiempo que expulsa una bocanada de cigarro atrevido y suicida (si supieras que unos cuantos de esos te ahorrarían el suicidio, el lago negro en tus pulmones). No puedo sacarte de mí, no puedo sacarte de mí. Resbala de sus piernas el tablero con sus páginas y el tintero, lago negro, letras suicidas, dónde estás alma mía, dónde te has ahogado. La ansiedad la paraliza, unas lágrimas recalan en su boca y murmura serena:
mañana empezarás a recordarme.
Le espera el lago de Ofelia sin más impulso que el tormento por su propia vida.