en las que la poetisa conversaba de amor con las hormigas
Varias veces había ido hasta allí para preguntarles a las hormigas, en medio de un escenario imperecedero, cuántos hechizos habían visto cumplidos a la sombra de aquellos mágicos olivos. Recuerdo que lloraba, no podía comprender por qué la injusticia de seguir tan sola, tanto amor para entregar pereciendo en su cofre de abandono. Tuvo que pasar mucho tiempo para entender que ésa era la condición de los más sabios enamorados, porque como dijo Jaime Gil de Biedma:
"Para saber de amor, para aprenderlo, haber estado solo es necesario."
Recorrían mis brazos calmando mi tristeza con sus frenéticos pasos, los besaban mientras dejaban sobre el recorrido de mis venas rastros de tierra de aquel jardín mágico. Y como en el relato de un sortilegio de amor épico, les prometí que serían las primeras en conocer al caballero que llegase a salvarme de mi sentimental destierro.
Jamás había visto a las hormigas tan bellas como en aquella tarde de agosto. Se acercaron hasta la reja para comprobar que era cierto lo que intuían sus antenas, la pequeña solitaria del corazón de cristal volvía sonriente y agarrada a una mano.
No regresé hasta ahora, pasados cuatro años, cuando la paz que sentí es sólo un relato del olvido, cuando también nuestra guerra se ha terminado.