Canto de Eurídice abnegada
Un mal presentimiento
me atenaza
en la ascensión a la superficie
de la vida y del placer.
Me detengo. Me condeno.
Paro para descender
hasta la infernal resignación
tan bien conocida,
hasta mi rutinario encierro.
Nadie volverá a raptarme,
tal vez un abandono instantáneo.
Ya nada amortiguará mis caídas
ni aliviará la terrible estancia
con la esperanza de ayer.
Me detengo. Me condeno.
Nadie volverá a raptarme,
pero volveré a caer.
Cecilia Sainte-Naïve, Impromptus Op.2