El 13 de febrero de hace 22 años, Julio Cortázar emprendió su viaje más fascinante, largo, doloroso y sin retorno. La leucemia lo deportó al exilio de la poesía incierta, de la prosa desconocida. Como no se llevó su máquina de escribir, no pudieron llover desde el cielo estrellas que nos enviaran sus relatos, ni sabremos si en los vuelos de las moscas que dibujan corazones en la latitud norte, se inscriben señales, avisos. Tampoco qué nos estará contando en el momento preciso en que dos miradas coincidan y latan en el reflejo del cristal de uno de los vagones de la línea 1 de metro, qué habrán sentido ellos, qué poderosa frase les habrá susurrado Julito.
Su cuerpo se marchó porque era mortal y así debía de ser correspondiendo a la condición de la naturaleza, pero su esencia, maravillosa e irracional, se quedó fumando entre libros,fotografías viejas y discos de vinilo; la razón es que era sencillamente fabuloso.
¿Será su recuerdo el limbo o existirá un paraíso donde los escritores amen. sufran, escriban, olviden y lean en alados vagones de tren? Bueno, alcanzó la casilla del cielo, porque la piedra supo apuntar alto, desde estar tierra en la que (casi) todo fue hecho.
Y hasta Montparnasse llega el beso que hace dos años dejé sobre su lecho de piedra..