El tren
El minuto nunca dura
sesenta y un segundos.
Ni siquiera cuando ves -casi de cerca-
la banderita roja
del jefe de estación.
Correr tampoco hace
que el tren sienta tu prisa
pero te sirve
para verlo marchar -casi despacio-.
Un segundo es el precio
del abrazo perdido,
el precio de un lejano
ramo de rosas
que grita en la basura.