- El entierro es a las 4.
- Vale, mejor, así tengo después la tarde libre para ir a tomarme unas cervezas.
- ¡Cómo puedes ser tan frívola!
La noche del 2 de enero de este año estuve muerta, no sé durante cuanto tiempo, pero la vida se me escapaba para siempre en un sueño interminable y no es metáfora poética. Me despertó una arcada, me vació un vómito, corriente ingrata de una botella de Porto y una caja de lexatin. Resucité cuando mi vientre se rebeló en contra mía, cuando mis sábanas se negaron a convertirse en mortaja, a que nunca más pudieran arropar latidos. Estuve sola en mi entierro y todavía nadie me ha sacado de la duda de si en realidad no soy un espectro desde entonces: miro, siento, me rompo por dentro, a veces lloro, pero ya nada duele como antes lo hacía. No es frivolidad, es cierta envidia de que a mí, en cambio, ni siquiera la muerte me ha querido.