Juré no volverte a escribir. Arrojé al mar las botellas que aún me quedaban, sin palabras, así de vacías como despiertan las manos que solamente te retuvieron dormidas. Sin embargo, todavía me quedan llantos por narrar.
No tenía botellas, pero me he fabricado una con mis desgarros, soplando mis venas ardientes y vidriadas. He respirado profundamente forzando mi aire, he despedazado trocitos de recuerdos, he rasgado las fibras de la sensiblería más idiota -¿qué hago todavía esperándote? Ha dolido, inmensamente, imagina empujar desde el pecho hasta los intestinos la pesada carga de la ausencia. Ha dolido, mucho, adentro, como todo aquello que mata, herida invisible, sin saber dónde poner el dique para que deje de supurar suspiros tan amargos y punzantes. Ahí te envío entre mareas la obra construida con restos de mi cuerpo y de dolor.
¿Volverás cuando me haya curado, cuando la incertidumbre sea una rutina imperceptible? ¿Volverás cuando haya dejado de preguntarme por ti?¿Volverás cuando ya no necesite que vengas a rescatarme del naufragio?¿Volverás cuando te acuerdes de que fuiste tú quien me trajo hasta este abandono?¿Volverás cuando ya no me quede tiempo ni ganas de esperar?
¿Volverás?