Descubro entre maravilla y desconcierto que nuestras manos son gemelas; si las confrontara, se enlazarían sin que ninguna sobresaliera. Por las líneas de nuestras palmas discurre un destino similar, entrelazado, unido a ambas por un puente de carne y hueso: él. Una longitud de la vida como un calco, el corazón de idéntico largo, medido por la determinación de ese mismo hombre, y una fortuna equitativamente irregular.
Inacabado por apatía sentimental una noche de julio. Almacenado entonces con la esperanza de que llegado este día ya no miraría más hacia allá. Sin embargo, hoy está entre mis constelaciones. Todo ha empeorado, poco cambiará, porque siempre voy midiendo las palabras y ocultando las advertencias, las ganas de vengarme, de cargar contra él todo el dolor de un año de demasiada información.
No importa que nada se entienda, no importa a dónde vaya, qué quiera decir. Me jode tanta prudencia, no hay más.