Anoche lloré por creer en las metáforas, en las señales ocultas en los rostros de otros, en la solapa de un libro, en la ventana de las coincidencias, en los relojes de estación... Lloré después de días de austeridad sentimental por haberme creído que una piedra violeta me silbó para pedirme que la llevase conmigo, que apretándola en mi mano y cerrando los ojos mi deseo viajaría a través de la energía, como un fax urgente enviado desde el corazón, hasta llegar a él, hasta su ensoñación de media noche, esa que consagraría a pensar en mí.
La piedra ya no me silba, permanece silenciosa y quieta sobre mi mano aquejada de tener que alimentarse de tanta palpitación envasada al vacío. Me duelen los párpados de forzarlos en busca de anhelos imposibles, me duelen las cuencas de los ojos y los lacrimales de utilizarlos como radares, de que vayan en busca de su imagen, que rastreen en la mente todo el territorio y lo traspase, tratando de llegar hasta su oído y así poder posarse como una mota de polvo de hada que, con una vocecilla de duende tabernero, le increparía:
oye, tú, escapista, ¿no creías en la magia? Pues mira, aquí la tienes, ven pronto a mi encuentro…
Miro otra vez la piedra, ya solamente como una piedra corriente, inerte, pero me acuerdo del poema
Balada de la piedra que llora. Me pregunto si acaso habrá logrado ser mi médium, si mi mensaje de duendecillo tabernero le habrá llegado, si habrá evaluado el grado de magia que me ha devuelto a él cósmicamente; me pregunto si le habrá contestado a la fuerza imantada por mi piedra violeta, y que puede que si ya no me silba sea porque desde entonces también ella está llorando:
Pequeña, no soy capaz de decirte lo que ya intuías, que tu escapista no quiere volverte a ver.
Balada de la piedra que llora.
Bohèmk