Ese fue el día en que la espiral comenzó a dibujarse. La entrada al laberinto, al amor, a la perdición de abrazos, de saliva apasionada y posesiva, de
puentes de vida y de muerte.
"Llegué a la estación antes de tiempo, algo insólito en mí, y empecé a recorrerla como el pasillo de los pasos perdidos, maldiciendo dulcemente su nombre. Treinta miradas hacia mi reflejo en los cristales "No deberías haberle mandado aquella fotografía, ya no eres ella, boba, no eres la que él espera", pero ¿a quién espera?, ¿a quién esperas?. La respuesta seguía llegando con retraso.
Al fin los altavoces anunciaron su llegada. El tren se iba reposando sobre las vías y los que también esperaban, pero sabiendo a quién esperaban, se agolpaban en el andén, aguardando el instante del reencuentro. Yo los miraba desde el hall, de lejos, protegida de la realidad, como desde el otro lado de la pantalla, tratando todavía de detener lo inmediato. Pero salí afuera, tenía que encontrarlo, tenía que comprobar que era curiosidad más que miedo , que no había venido, que nunca vendría, pero ¿quién era aquél que no vendría? Sin embargo...
... si no hubiera sabido su nombre, hubiera hecho lo imposible por seguirlo y averiguarlo. Si no hubiera sabido que estaría conmigo durante unos días, habría dado lo que fuera por poder tenerlo junto a mí, tan sólo un rato. Y entonces, sorprendida y arrobada, alcé mi brazo para llamarlo, porque sí, había venido a verme, a mí, a nadie más que a mí, para hospedarse en mi vida... "
Cecilia, septiembre de 2002