Puedo vivir sin ti, pero no sé durante cuánto tiempo más.
No me niegues tu espacio ni me apartes de tu ruta. No me conviertas en el témpano de tus sentimentales glaciares, ni en la carencia más luminosa que penetra hasta tu sótano. No quiero desprenderme de tu carne en este desgarro de paladares y afectos, no tan temprano. Porque aunque ahora pienses lo contrario, seguimos siendo nuestro reflejo menos explorado y sangre todavía inagotada.
Sin embargo no voy a desgastarme, no escribiré en tus paredes "eternidad" con mi sudor. Te espero solamente de hoy a mañana, y si me acuerdo de ti en cada revolución de mis palpitaciones, tal vez hasta dentro de unos días, no más, el tiempo suficiente para leer en esa señal del destino que es tu inquebrantable silencio, que también me confundí contigo al revestirte con las grandes palabras, con una esperanza ciega; que no debo seguir insistiendo, que abandone esta gruta de velas, santorales y rezos, que deje que te pierdas definitivamente en la nada irreversible.
Quizás nos hayamos engañado al hacernos creer que éramos el resultado de viejos hechizos, la llegada iluminada o la resolución a los interrogantes adheridos a nuestra espera. No hemos sido más que una mera anécdota que se desperezaba cada mañana para después volver a su sueño, perdiendo mientras tanto identidad, corporeidad y realismo. Y así es que ahora intento alcanzarte en mi búsqueda de certeza, para comprobar que sigues estando dónde te dejé, el mismo ademán de acogida, el beso reposando al lado de la palabra sorpresa, el anhelo de ver más velos cayéndose al suelo de la evidencia, desnudando, poco a poco, el cuerpo de nuestra simetría. Pero no hay materia, ni signos de espera y cuando me asomo al vacío para llamarte, el eco me niega tu nombre. No lo entiendo, si sé que aunque invisible, estás al otro lado.
Un sentido perdido, intuitivo y sensato, ha vuelto para revelarme tu misterio: desapareciste para levantar un muro, para insonorizarme de ti, para no dejarme pasar al lugar que un día me estuvo reservado.