Jesusito de mi vida, si una vez que mis manos lleguen a sus manos y mis labios rocen la piel de la dicha merecida y mi alma se infle como un globo, soplo de vida, amor de vida, sin que escape a la lejanía de un cielo inalcanzable; si me dejas comprobar que al menos un día me querrá por encima de todas las cosas y que soy un ser, que tendré un pulso de ser y una felicidad de ser, que durante un tiempo -tú eliges su extensión- le sabré mío, mío, y me sabré suya, suya siempre, si no me lo robas injustamente mientras estoy bebiendo de su vaso, como en cada historia en la que la sombra de otro cuerpo se bebió el agua que creía mía, arrojándome después a un fango en el que nada hallaba; si me dejas por una vez en mi vida comprobar qué se siente teniendo la seguridad y la posesión única de un cuerpo al que adoras, por el que suspiras entre delirios, por el que te conmueves en idealizaciones de almohada, por el que trazas corazones en el aire, sonríes, te sonrojas, lames azúcar en las palabras. Si me dejas temblando sobre su vientre por la suerte de haber sido gratificada a tiempo por un desolador destino, te prometo que nunca más maldeciré tu nombre en mis desesperadas irreverencias, que nunca más sucumbiré al abismo y al infierno, que daré gracias cada día por este milagro de sentirme viva.
17/6/05