Hay cien mil quinientas autoras más inteligentes, más sensibles, más especiales, más cautivantes, más atractivamente misteriosas, ingeniosas, milagrosas, envueltas en perfumes de imágenes y palabras, provocadoras de apetito ajeno, sabidas y resabidas en artes, coeficientes intelectuales articulados en destreza artística, de narrativa fascinante y expresión descaradamente fabulosa, bellas de día y de noche, exquisitas para otras bocas, otros oídos y otros ojos, aplaudidas por su círculo, por visitas eventuales, por desconocidos que envidian sus frutos. Hay cientos de ellas (y de ellos, pero su cálculo no me supone un vértigo de números), todas anónimas en otros estratos, porque allí, en las cimas, son menos de cien las que brillan con sus nombres y apellidos, con sus letras, sus visiones, sus sonidos... plurivalentes en la esfera de las sensaciones. Son cientos las que sin saberlo, se burlan de mis amagos de todo, de mi falta de todo, de mi pobreza de todo. Son auténticas magas de hoy en día, sublimes y creativas, las que me invitan a que siga encerrada en mi sótano con mis carencias y frustraciones, mientras oigo sobre mí los pasos de todas ellas bailando en una fiesta de estrellas aún sin consagrar, de mujeres a las que desear y admirar en secreto, en un espacio limitado, paseando por la acera, sentadas en un banco, hablando en un café, esperando en la cola del cine, sosteniendo su copa frente al escenario, contorneándose al ritmo de bossa con su libreta en la mano y la inspiración destilando lo auténticamente maravilloso. Envidiablemente atractivas incluso tapadas con una sábana de anonimato corpóreo o de belleza imperceptible. Mujeres con las que los grandes hombres (y grandes mujeres) suspirarían, ansiarían conservar a su lado, crecerse más junto a ellas. Mujeres que valen la pena, simplemente.
Y si se me permite la envidia sana o maldita, a través de ella se despejó otra de las incógnitas del por qué de estas soledades desnudas: Cecilia mía, ni siquiera con tus amadas letras llegarás a ser querida, a quererte a ti misma, a ser alguien rescatada de tu mundo tan pobremente definido, unos días virgen, verde, inmaduro, otros vacío, devastado. Inútil por definición, incompetente por naturaleza, absurda e ignorante por vocación.
Así me va...