Por fin he aprendido mis 3 pautas básicas para no lamentarme de desilusiones, desbarajustes e injusticias de cualquier tipo: No desear, no planear y no esperar.
Poco me preocupa ya lo que me acontezca, crecer y seguir como hasta ahora, pero con más miedo al hastío y a la falta de equilibrio, cuando una debería estar derecha, encauzada y alejada de sus equivocaciones. Me importa un pito que no llegue a ser otra mujer de serie o una vagabunda fascinante y fascinada. Que no se acerque a mí quien vaya a barrer mis sombras, mis desganas de seguir sintiendo... qué más da, si la felicidad no dura más de 10 minutos, el resto del tiempo se dedica a recorrer inútilmente sus escombros, porque se cae en el error de buscar cuerpos en un descampado que es tierra de nadie y a la vez de todos.
Y por eso ya no deseo ninguna de las glorias que se encuentran en el mundo, ni hago grandes o pequeños planes con sus escenas y escenarios prediseñados, ni espero salvaciones de teléfono, ni me creo que
mañana, tal vez, en un golpe de magia, suceda al fin que... y a ver si así me convenzo de que ésta es mi vía, entre vuelos y buceos, que no tiene por qué llevar a ninguna cima si además no supe formarme para poder alcanzarla, que no es triste sentir sola en la corriente, no hacerlo como los otros y no olvidar nunca que más emocionante que la sopresa, es el hecho de ser sorprendida, el acto subyugado a la idea y el no-acto al despiste de lo inexplicable.
p.s ¿Y qué hago yo en una madrugada estival escribiendo desde un jardín con vistas al mar?... No desear, no planear y no esperar. Así es como hoy me he encontrado con un portátil con su integrada conexión a internet
Lástima que para mí no sean éstas las cotidianas felicidades de la vida.