Desde que era muy pequeña (muy pequeña para interesarme y valorar ciertos géneros) sentí debilidad por la ópera de Puccini y sobre todo por ésta. El último aria "Un bel dí, vedremo levarsi", popularizado por la voz de la Callas, es uno de los más bellos y conmovedores de la historia de la música. Pero quizás la aflicción se acrecente una vez conocido el texto, porque es entonces cuando se entiende ( salvando el desconocimiento del italiano q se pueda tener) hasta qué punto una voz puede reproducir e incluso sentir el desgarro de Madame Butterfly.
Era pequeña, pero ya me emocionaba especialmente la desdicha de la japonesita, la comprendía, me trasmitía la amargura de su garganta, el temblor de su pecho, se clavaban en mí los pedazos de mujer desencantada, me ahogaba en la sangre emanada de la mortal herida de katana. Unos años después la sentiría con mayor empatía: "llámadme a partir de ahora Madame butterfly". Diminuta e ilusa como ella, fui coleccionando tenientes que me abandonaban en la espera y regresaban al poco tiempo de la mano de otra esposa. Sin embargo, en mis finales nunca llegué a morir del todo.
Me llega incluso a avergonzar, en serio, el encauzar cada obra que recojo hacia mi propia historia, tanta temática egocentrista, pero es que resulta curiosa la relación que une a cada pieza (aria, poema, libro, personaje...) entre sí, como hilos de la red que me conforma.
Y para quien no conozca la ópera, aquí dejo el resumen del libreto.
ACTO PRIMERO
Jardín de una casita japonesa, totalmente cubierto de flores primaverales. El teniente de navío Pikerton, encontrándose de paso en Nagasaki en unas maniobras de la escuadra norteamericana, desea gozar de la compañía de una hermosa hija del país durante su permanencia en él, encargando al casamentero Goro de esta misión. Éste llega hasta la villa que habita la ingenua y dulce Cho-Cho-Sau y le propone en matrimonio con el teniente americano, unión que ha de durar sólo el tiempo que él viva allí, quedando después la joven libre para buscarse otro marido, de acuerdo con la costumbre japonesa así establecida. Cho-Cho-Sau, a quien su pretendiente bautiza con Madame Butterfly, acepta ese trato, pero es tanto el amor que le inspira el gentil marino, que desea atar más estrechamente los lazos que les unen y propone celebrar una ceremonia por la cual se libra de todas las leyes japonesas, y la une a su vez con el hombre que quiere, imposibilitándola más tarde de juntarse con ningún otro. Sharpless, cónsul de los Estados Unidos en Nagasaki, se da cuenta de la sinceridad de la muchacha al contraer este nuevo compromiso y aconseja a su amigo disuadirla de su ingenuo propósito. Mas Pikertnon se ríe de sus pueriles escrúpulos y la ceremonia se efectúa, renunciando su amante a las creencias y costumbres de su pueblo para adoptar las de su consorte. Al acabar de formular los juramentos del ritual, aparece el tío de Butterfly, el cual la increpa y maldice por haber renegado de su antigua religión. Pikerton lo arroja al jardín, divertido en el fondo por estos sucesos que le parecen muy pintorescos sin ver que en ellos se juega el corazón de una joven romántica, y aleja también a los asistentes a la ceremonia. Después, trata de consolar a su esposa de las desagradables palabras del irascible viejo. Pronto el encanto de la noche ejerce su maravilloso influjo sobre ellos y , después de un tierno y apasionado dúo, entran en la casa amorosamente abrazados.
ACTO SEGUNDO
Interior de la casita de Butterfly. Han transcurrido tres años. La primavera ha vuelto, con sus flores y bonanzas, pero la triste japonesita está sola con su sirvienta Suzuki, pues el teniente Pikerton hace ya tiempo que partió para la lejana América. No obstante, ella le espera siempre, día tras día, sin desesperar, pues le prometió regresar y tiene fe en su palabra. En tanto, reconviene a la criada porque duda del retorno del marido. Aparece el cónsul Sharpless, trayéndole una carta de Pikerton en la cual le suplica ponga en conocimiento de Butterfly su próxima llegada acompañado de su esposa norteamericana, informándola bien de esto para prevenir un posible escándalo. Pero el gozo de la joven al contemplar la escritura de su amado y saber su inmediata llegada es tan inmensa, que el cónsul carece de valor para explicarle el resto del comunicado. Butterfly rechaza las proposiciones del casamentero Goro que le brinda la oportunidad de unirse con el rico Yamandori, noble japonés que se ha prendado de su belleza. Cuando tratan de convencerla de que, ante la ley, todo el tiempo que ha estado separada de Pikerton equivale a un divorcio, ella exclama: "Esto será para una japonesa, mas no para una norteamericana como yo". Y para apoyar su razonamiento les muestra su tierno hijo, nacido de sus amores con el teniente y que tiene derecho de ostentar la nacionalidad del padre. El cónsul abandona la casa tristemente, presintiendo una tragedia, al percibir los cañonazos que anuncian la llegada del buque americano. Butterfly engalana el salón con flores para recibir dignamente al amado. Anochece lentamente, y mientras Suzuki se adormece en un rincón con el pequeño en brazos, la joven japonesa vela ansiosamente, contemplando a través de la ventana cómo las luces se encienden en la ciudad y las estrellas se iluminan sobre el negro manto del firmamento.
ACTO TERCERO
El mismo decorado del acto anterior. Butterfly permanece en la misma actitud que quedó al caer el telón; habiendo esperado inútilmente toda la noche y sorprendida ahora por las primeras claridades del amanecer, Suzuki y el pequeño despiertan y la sirvienta presenta éste a su madre para que lo bese y persuade después para que se retire a descansar un rato. El día avanza paulatinamente. Al fin, llegan a la casita el teniente Pikerton y el cónsul Sharpless, acompañando a una bella dama ataviada a la moda europea. Esta no es otra que Kate, la esposa norteamericana de Pikerton. Ellos informan a Suzuki de la verdad y ésta se horroriza cuando piensa en la desgarradora conmoción que la noticia producirá en su joven ama.
Pikerton, emocionado por las flores, los muebles y la visión de todo lo que le recuerda un feliz pasado, no puede resistir la punzante evocación y se retira. En tanto, su esposa propone adoptar el hijo de su marido y Butterfly. Esta aparece al ser formulada la proposición y adivinando la terrible verdad, procura dominar la agitación y la pena que la consumen, y con una dolorosa serenidad le dice a Kate que su marido tendrá el niño si viene a buscarlo personalmente dentro de media hora. La señora promete que así lo repetirá a Pikerton y se va de la casa en compañía del cónsul. Al quedar sola la afligida Butterfly, se apresura a coger a su hijo, le venda los ojos y, poniendo en sus manitas una diminuta bandera norteamericana, lo sienta en el centro de la habitación. Realizado esto, se retira ella detrás de un biombo, se arrodilla para rezar una breve oración a los dioses japoneses que con tan mala ventura abandonó, y empuñando una vieja espada que había pertenecido a su padre y que lleva en su acero grabada esta inscripción: "Morir con honor cuando no se puede vivir con él", se la hunde en el pecho, suicidándose. Cuando aparecen Pikerton y el cónsul, que vienen a buscar al niño, la desdichada Butterfly ha expirado ya.