lunes, 27 de junio de 2005
Volar, vivir volando, retar al vacío desde las nubes, engrandecerse en las alturas, mirar el mundo desde arriba, diminuto y de tan lejano, ya ajeno. Volar sola y segura, controlando las ráfagas de viento, las bandadas de pajarillos kamikaces de la angustia que intentan estrellarse contra el pecho. A veces los esquivo, otras no, pero nunca llegan a derribarme, ellos mueren, yo sigo con mi vuelo. Aun así me han rozado la piel, y después de que retumba en un escalofrío tardío, el pequeño toque atraviesa el cuerpo para llegar hasta la conciencia, colándose también entre esos complejos conectores del cerebro: de repente me paralizo, no reacciono, hierática sólo siento la convulsión de los lacrimales. Y veo descender una gota de lluvia que precede a la tormenta. "No sabes volar, idiota mía, qué pintas tú en este espacio, entiérrate en las profundidades de la tierra, gusanito torpe y temeroso". No sé quien me habla, tal vez sea la voz envejecida, grave y sabia de esa tormenta, pero acato su mensaje como un designio divino, porque yo no soy la que creía volar, no sirvo para ello y entonces noto como el cielo se transforma en un lugar plagado de alambradas infranqueables. Sin embargo en quienes también sobrevolaban las alturas, descubro unas manos aladas y mágicas que desenredan esos bucles de metal con el sólo roce de su tacto, sin darse cuenta de ello, sin ser coscientes de una asombrosa y salvadora destreza.

Desciendo, engullida por la gravedad, porque es cierto que no sé volar, que no sirvo para ello, porque descubro que tampoco se puede volar en soledad donde planean manos con alas y magia, pájaros de la incertidumbre, de la inseguridad, del desconsuelo que tratan a cada instante de picar mis flacos, los pliegues de mis lados más sensible, ahondar punzantes en las heridas que a veces supuran gritos de socorro.

No hay cielo, ni siquiera tierra para tan atrevidos viajes. Sólo una burbuja de sábanas, cercana y casera, en la que volar en ensoñaciones repetitivas, donde no arriesgar nunca los vuelos presentándolos en un aire de certeza, de acontecimientos reales, de presencias palpables. No, sólo el reino de lo ilusorio, donde voy provista de paracaídas con anillas engarzadas a mis dedos, aunque después aterrice en espacios desiertos, donde mi silencio se hace más fuerte, mayor y todavía más hábil.
Publicado por Bohemk @ 0:48  | Bohémktika
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