Nadie fuera de aquí sabe que le llamo
hierba, ni siquiera él mismo. Hacía un par de meses que al evocarlo ya había dejado de dolerme, estaba feliz sabiéndome liberada de su peso, injusto peso. Me desvelaron con revelaciones muy tardías (joder con las informaciones a destiempo...) que nunca mereció todo el lastimoso arrepentimiento que volqué sobre su sombra:
- ¡Menudo xxxxx !
_ Ya , ceci, ya te dije en su día que era un xxxxx.
Efectivamente, poco después emergió del silencio y reapareció para hacerlo demostrable. Aunque esta vez sellé mis entradas con un lacre de orgullo más sólido que aquél eterno deseo insatisfecho. Al fin se desvaneció de mis aflicciones y yo descendí, con la certeza de no retornar nunca, del
díptico de la Santa Culpa. Debimos habernos despedido mucho antes.
Anoche padecí insomnio, me planté los cascos para utilizarlos como nanas, el disco que había dentro era de Serrat:
Tu nombre me sabe a Yerba ... y revolcándome intranquila entre mis sábanas, fui acosada por recuerdos que lo arrojaron a mi almohada. Y allí, teniendo su respiración sobre mi boca, proyectaron la película de nuestra vida, película de la que se olvidaron grabar el final, porque no sé, por más que miro, no sé en qué momento... y sollocé ahogándome un poco, no ya por él, sino por la maldición de mis descuidos:
No vuevas a quedarte en silencio, nunca. Acabé por dormirme y por suerte, no fue precisamente él quién reinó en mi sueño.
A pesar de todo, el día de hoy ha sido feliz, seguramente apruebe el examen de lecturas por fascinada y pizpireta, y la agitada noche no ha enturbiado mi expresión de alegría, ni siquiera la he recordado. Pero hace un rato, a causa de una visita imprudente, me he chocado con una casualidad que me ha arañado por dentro: me enteré de que
Ella amaneció esta mañana cantándole
Tu nombre me sabe a Yerba.
Los peces muertos me han engañado.