Tengo un bichito que me recorre por dentro, creo que es una oruga o un ciempiés, siento muchas patitas adherirse a mil puntos de mi garganta, de mi pecho, de mi vientre. Tiemblo. Es un bichito que no sé qué busca en mí, qué quiere, ni por qué ha elegido el calor que desprende mi acidez para invernar e incubar sus huevos de tristeza. Y qué hago ahora con ellos, si ya no me soporto siendo la niña del gesto triste, del verbo dolorido.
El cansancio me entumece las manos, no sé a dónde agarrarme, no tengo cuerpo que sostener, ni alma que salvar, y la palabra se me quiebra en los labios, no ofrezco más que su polvo. Nada en mí es aprovechable, en vano sirve tantearme en mi lado oscuro o en el luminoso, no se halla la esencia. No me delimita un cerco de alambres de espinas, ni me resguardan las altas murallas de Cavafis, ni me encierra un círculo de lodo insalvable, no queda nada de ello, solamente un aire sin sustancia, atmósfera de partículas anodinas, un olor que no empapa, una aflicción que no conmueve. He derribado mis paredes para hacer transparentes mis contornos, pero sólo ese bichito de tristeza ha sabido traspasarme.
No importa, algún día, cuando el hastío haya contaminado mi sangre, meteré la mano en mi garganta, buscaré a ese único ser vivo que perturba mis humores, lograré reducirlo y lo escupiré en un último arrebato, un arrebato tardío. Y así me quedaré aún más vacía, satisfecha por no sentir nada, por no volver a sentir nunca más, porque cosas tan estúpidas no se erijan como estatuas en el parque de mi desasosiego.