Quiero abandonar, desaparecer sin dar explicaciones, tomar mi vida enmarañada y lanzarla a la basura, dejar de herirme las manos tratando de desanudar mis tropiezos.
Me traen un sueño en bandeja, tengo hambre, devoraría hasta el metal, hasta el cuerpo más frío, pero me cortan el ansia, porque en una iluminación se me advierte que eso que voy a tomar acabará haciéndome daño. No he hecho más que acercármelo a la boca y ya me ha quedado un premonitorio sabor amargo en los labios. No quiero nada, no quiero ni pasiones ni misterios. Quiero abandonar, irme muy lejos, marcharme con mi bebé muerto en los brazos (nuestro amor era como un niño muerto, solo de a ratos parecía que iba a sobrevivir...) y resguardando el feto del que quiere nacer, pero al que no voy a dejarlo, lo arrullaré en mi vientre imaginándole una suerte que no le llegará nunca, abortando otras peores que no permitiré que le toquen. Vivirá en mí, pero no nacerá, no va a devenir un moribundo. Mi dulce niño, te meceré en mis nubes, nunca te sepultará la tierra.
Quiero abandonar y luchar contra el sentimiento, desenmascarar a ese maravilloso latido que no acaba siendo más que el ruido de un camuflado ejército de dolores que salta sobre el corazón. Quiero abandonar porque tengo miedo, tengo mucho miedo, porque estoy cansada de girar, marearme, vislumbrar siluetas, parar, mirar descentrada y comprobar que no hay ningún cuerpo, que estoy sola, cuando sola significa que el alma es un racimo de delicias que se pudre, porque nadie se lo quiere llevar a la boca.
tristemente bohèmk