Caes helicoidal
rozándome las llagas,
trastornando
todo cuanto tocas
con un loco vendaval
de tramontana.
Pero el viento del olvido
no te aleja.
Caes helicoidal
para quedarte, terco e hiriente,
en el epicentro de un corazón agrietado
del que con tantos soplos
de despecho
traté de expulsarte.
Y fue en vano.
Porque
caes helicoidal
dibujando en el aire
garabatos de abandono,
pero retornas.
Bohémk, enero 2004