DESENCUENTROS
Ella va arrastrándose por las calles, repeliendo el tacto de la gente, negándoles la mirada, proyectando hacia un punto vacío y sin destino todo lo que bulle en su interior. Siente que su cuenco visceral rebosa, que la miel y la hiel, a partes iguales, se van escurriendo por dentro en una ardiente hilera. Pero no quiere nada, no espera nada, un mero tránsito en la vida, sin cuestionarse un solo aspecto, sin analizar un solo hecho, sin tratar de buscar el por qué de cada momento emanado del azar. Sin sentir al borde del abismo o en la cuerda floja, sin regalar a alguien lo que sabe fabricar en su taller de ternura, devoción y magia. Se deslizan sus pasos apenados, las manos se sienten desnudas, frías, casi ásperas, hay un peso que le cuelga desde el alma que ya no le ayudan a sostener otras manos. Se detiene ante un semáforo en rojo, un mechón de pelo inquieto le golpea suavemente en la cara, para que reaccione, para que sienta que aún está viva, que aún tiene que vivir y ella, que continúa con la vista perdida y reprimidamente llorosa, se lo aparta en un gesto tan delicado que incluso a ella misma le estremece. Él, que la observa desde el otro lado de la isla de asfalto, desde enfrente, quisiera haber tomado en ese instante aquella mano, retirarle el cabello, enroscarse en su cuello, envolverla y recorrerla con su tacto inagotable. Traga saliva, una saliva amarga y pesada, imaginando también que esas manos están abandonadas solamente por el tránsito del día, que pasarán los minutos o las horas y esa imagen que le ha regalado su imaginación y el destino (el viento llevándole el pelo hacia su rostro, los dedos que engarzan la caricia en un mechón recogido), será la escena compartida de otro, o de otra, pero nunca la suya. Quién pudiera congelar el espacio, vendarle los ojos, acercarse a su boca, penetrar en sus oídos y decirle " Dame la mano, quiero llevarte a volar conmigo". Ella empieza a enojarse, pero sin muecas, por la tardanza de la apertura de ese paso, por tener que estar esperando y sentir mientras, tan de cerca, otros alientos, otras respiraciones, las miradas de reojo que le acechan, los abrazos de parejas que le suscitan melancolía, envidia o dolor, no sabe. Traga saliva, una saliva amarga y pesada, su soledad se despliega atrozmente en el estallido de realidad que le provocan esas imágenes, evocaciones de lo que ahora le es tan ajeno. Pasarán las horas, los días, quizá los meses, quien sabe si también los años, y continuará esperando en esos pasos desesperanzadamente sola. Ojalá de repente una venda le cubriera los ojos y alguien se acercara a su boca, y penetrara en sus oídos, en su vida, y le dijera " Dame la mano, quiero a llevarte a volar conmigo". Al fin se enverdece el muñequito que los despierta. Y entonces un cruce de pasos casuales, el roce obligado entre la multitud de peatones que van y vienen, el destino que los entrelaza en ese instante, las miradas que les presentan a otros cuerpos, sus ráfagas que chocan durante un segundo: Y el cuenco de miel ardiente se vuelca entero sobre su pecho, el pulso desbocado le corta la respiración, le devora la carne, unas alas baten locamente dentro de su vientre, un gusano de deseo trepa por su estómago, quisiera besarle los ojos que han sido suyos en ese segundo, llevarla a volar toda su vida, y sabe que no está loco, pero y qué, si tal vez ella acude al encuentro de quien custodia celosamente ese pelo y esas manos, de quien de noche habita apasionadamente su cuerpo. Ojalá se hubiera detenido ante sus ojos, hubiera tomado sus manos y le hubiera llevado a volar con él el resto de sus vidas. Pero son ideas de loca, y su corazón vuelve a la tierra, para arrastrarse por la calle pesadamente, para recoger el cuenco de miel ardiente, para mezclarlo con la hiel, para llegar a donde nadie la está esperando.