¿Por qué este año iba a ser distinto, qué importa que lo peor hubiera pasado, qué tenía que ver que hubiera renacido para que este año Abril no me mostrara el lado amargo de mi vida?
Cuando me dieron la noticia sonreí con esa sonrisa de a quien le es revelado algo de lo que ya se tenía constancia o que ya se intuía, esa sonrisa de la omniconsciencia, del reto al daño del factor sorpresa, esta vez era más que previsible, la estadística no podía dejarme tirada este año, a pesar de los horribles meses pasados, me tocaba de nuevo, siguiendo con la tradición sufrida desde hace 4 años, de morir en el mes de Abril, por cualquier motivo, por cualquiera (aunque nunca fue por cualquier cosa, ni por un cualquiera). En esta ocasión estaba preparada, no dejaría que me volvieran a hacer daño, nadie dominaría el estado de mi alma, pero algo se tensó inevitablemente dentro de mí y me dolió tanto que no pude escapar. Vine todo el camino a casa poniendo en práctica cada uno de los ejercicios aprendidos en la terapia para no permitir a los pensamientos apoderarse de los sentimientos por medio de errores cognitivos, analizando cada uno para discernir cuál era el verdadero problema y cuál no. Pero, ¿cómo controlar lo que te ataca directamente al corazón, lo que previamente te ha dejado tirada por los suelos, quién tiene a mano un paraguas cuando te están arrojando el jarro de agua helada? Lo intenté por todos los medios, el desasosiego recorría todo mi cuerpo por dentro, se me atascaba en la garganta, se recreaba en el pecho, me ascendía hasta los lacrimales, pero me habían enseñado a no llorar por algo así y saber controlar mis emociones. Y no lloré, no podía por más que lo intentara. Iba por la calle recordando la canción más triste, el peor momento de mi vida, la visión más debastadora, la desesperanza de otra clase de mejor suerte... pero no podía llorar. Sólo sonreía, "ya sabía yo que iba a ser él quien me robara Abril, jajaja, no falla, esta maldición no falla". Pero entré por la puerta rumiando las frases de aquella maldita noticia : "Ha estado llamando a todas las que se quería tirar, a ver cual caía". A todas, porque ya sabes que no fuiste la elegida, simplemente un azar te eligió para que cayeras como podría haber caído cualquiera en ese momento, podrás diferenciarte del resto por cien y un motivos, pero la boca de la anulación te ha engullido por igual, te ha desarmado, te ha dejado sin rasgos, sin adjetivos, sin lo mejor de ti, sin Sabina y sin la soluciòn a cada una de sus metáforas, sin poesía, sin honestidad, sin alas con las que volar, sin ojos como eclipses, sin caricias de algodón, sanación y canela, sin besos ardientes que recitan versos, sin sonrisas de luz, de verdad, de transparencia, sin la voz de la comprensión, de la emoción, sin el sueño compartido de buhardillas forradas de estanterias, de la pena de mil libros por leer y sin suficiente vida para ello, sin la espera incondicionada, sin el climax místico de olor a flores e incienso, de ferocidad exquisita, de voluptuosidades inagotables... No eras especial, eras cualquiera a la que se hubiera tirado ese día en el que reapareció, si no fuera porque una casualidad que hasta ahora no comprendiste, la hizo coincidir con el instante en que un tren apeado en el andén te esperaba para llevarte fuera del país. Me fui creyendo ingenua y estúpidamente que a la vuelta tendría esperando al error que debía ser reparado, a la justicia pendiente del corazón, al hombre arrepentido de haber permitido perder a quien había sido elegida para devolverle el aliento, para besarle las heridas, con la que hubiera volado (porque como Oliverio, no querría más que a la mujer que supiera volar). Pero no, los dos deseos seguían sin caber en la misma boca, las dos realidades eran divergentes. No puede ser y mejor así, realmente tú no eres para él, tu estás reservada para los dioses, para los que ya murieron, para los que viven al otro lado del mundo, para los que no nacerán hasta el siglo que viene, para los que no saben que tú existes, que estás ahí, tan extrañamente alcanzable y sola, flotando en un aire pesado, soñando en un tiempo en el que eso significa suicidio, locura, guardando recelosa un cofre repleto de delicias, de poesías, de secretos con sabor a frutas, a caramelo, a fresas con nata...
Bah, realmente no importa, ya no quiero nada, a pesar de todo, no merece la pena, ni siquiera debería llorar, pero los imperdibles se me han ido soltando por dentro y no hay nada que lo sujete. Y quisiera poder morir un poco, culpar a abril y a todo aquel que merezca unos minutos de mi odio y después dormir, dormir y dormir, y levantarme sin pensar que aún me quedan 26 temibles días de este mes maldito.