viernes, 04 de marzo de 2005
Antes, cuando empezaba a vivir, a sentir como una chica cualquiera pero sin saber ser como cualquiera, soñaba un encuentro fortuito con algo tan rídículo como lo llamado amor (¿por qué cada vez me da más vergüenza pronunciar ciertas palabras?, ¿por qué las tengo así de denostadas? ). Pero como sucede cuando no conoces las opciones de a lo que puedes aspirar y sobre todo de lo que puedes encontrar, ideas tu prototipo perfecto, tu canon basado en la idealización que en realidad haces de ti mismo, buscando un otro "yo" al que te puedas tirar y en el que puedas mirarte y enamorarte sin que eso se considere narcisimo. Me salgo del psicoanálisis antes de que me pierda. En fin, que yo esperaba y esperaba flotando en mis ensoñaciones, con paciencia, pues sabía que algún día llegaría mi bohemio , había que darle tiempo, se haría esperar, como todo lo especial, el merecido postre de mi vida. Y pensaba que no exigía mucho al que había esbozado en mi mente: un bohemio de estos días, un tipo aparentemente corriente, algo marginal, descuidado, que pasase desapercibido, que ocultase una belleza extraña y que no lo supiera. Una honestidad brutal y una sensibilidad algo corriente, algo snobista. Me lo encontraría quizás en la bilioteca, en la cola de un supermercado, en los pasillos, sentado en el autobús, paseando solo por el bulevar con un libro bajo el brazo. En cualquier sitio que le hiciera cruzarse en mi trayectoria y entonces nos miraríamos, tímidamente, pues él tendría que ser un poco retraído, pero que sintiera de vez en cuando arrebatos de espontaneidad y locura. Y sabría de inmediato que yo sería su alter ego, la personificación de su lado femenino y que si no me estuvo buscando, ahora que me hubo encontrado no me debería dejar escapar. Un clic mágico, un fuerte latido así se lo anunciaría. Y siguiendo y abusando de la imaginación, retrocedería para alcanzarme y preguntarme la hora, por ejemplo, aunque el tiempo analógico no fuera lo que le importara, porque eso sí, mi bohemio nunca llevaría reloj, no tendría una pesada losa sostenida por su muñeca, o me preguntaría cómo llegar a tal sitio, pero yo, siempre tan complicada, no le sabría explicar y él me sonreiría con condescendecia y entonces emergería la loca, porque pararía mis horarios y sus más urgentes obligaciones y me ofrecería a llevarlo hasta allí, donde fuera y en ese espacio invisible que se habría formado entre los dos, algo bombearía diciéndonos " bien hecho, aquí está el principio, empezad a moldearlo, no falleis". Varias opciones para un encuentro y frases mágicas que en los sueños estás obligado a decir. Todo muy bello.


Pasó un tiempo que me trajo varias historias y algún que otro bohemio. También sucesivos derrumbes de la escalera que creé para llegar al cielo. Alguien me reveló la utopía de la bohemia y unos meses después, a fuerza de golpes, dejé de creer en los ilusionistas de la palabra, en todos ellos y en la fantasía de un amor de libros y de aceras . Ahora entiendo por qué siempre sentí empatía hacia Emma Bovary... Mi veneno y mi muerte fueron propiamente el desencanto.




Y después de numerosos avatares, llegó el día de hoy. Esta mañana iba en el bus hacia la fac de letras, en un día gris y melancólico que me incitaba a mirar por la ventana, a abandonarme a un trayecto consagrado a los recuerdos ( porque a menudo los buses te ofrecen otro viaje intrínseco si no hay nada que te distraiga).

Nunca antes había visto a aquel tipo. Me atrajo su indumentaria desaliñada pero atractiva, y sobre todo que a pesar de que caían unas cuantas gotas de lluvia y de que iba caminado por una avenida en la hora punta en que la gente toma las aceras, atropellando con las prisas, él caminaba en su nube de asfalto con un libro abierto, leyendo. Me hubiera gustado averiguar qué leía para acrecentar la chispa que me quemó en ese mismo instante; si hubiera sido Cortázar o cualquier libro de poemas, habría salido rodando por el pasillo. Miré para atrás, pero la carrera del autobús me alejó de él.

Rompí mi juramento durante los 5 minutos siguientes, me enamoré. Suerte que no me lo crucé por la calle, habría cometido el error de preguntarle por su lectura, o más seguramente, la estupidez de preguntarle la hora.
Publicado por Bohemk @ 21:05  | Microkosmos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios