He cerrado los ojos, cansada de la tribulación de un llanto repetitivo, de ahogarme entre lágrimas que siempre son las mismas, que marcan mi cara con el húmedo fuego de un único nombre.
He tratado de apagar los recuerdos para dar tregua a mi memoria, para no recordar que sigues infectándome esta herida que me desborda, que no cesa de supurar desasosiego. Pero aún así, mucho más inmensa que la herida es el amor que siento por las mismas manos que cada noche me dan a beber de su veneno.
Un amor tan inmenso capaz de transformar el despecho en una ternura amarga, de reducir el rencor al hipo de una queja.
He cerrado los ojos para dejar de pensarte como te pienso y permitir a los demás pensamientos, todos, avivados y extinguidos, que vayan y vengan, se hundan y se eleven, fluyan libremente sin la condición que les marca el dolor o el placer. Aunque ha sido inevitable, terminaste apareciendo tú, lúbrica y divina, irreducible y cautivante esencia, apoderándote de mi mente una vez más.
Silencioso e inmóvil, despojado de las palabras y gestos que hicieran temblar a mis entrañas. Solamente tu maravillosa e inquietante presencia.
Y a pesar del daño que aún perturba la memoria, has vuelto para lograr dibujarme con tu dedo invisible en mi boca invisible (la misma que dibujas y desdibujas con descuido en tus idas y venidas) aquella prodigiosa sonrisa que, en lo visible, trazó la estela de tus labios. Una sonrisa tan extensa como la distancia que trastorna nuestro sosiego, tan deliciosa como el triunfo que sobre ella sellaron los reencuentros. Y para recuperarte de esta forma, no he tenido más que cerrar los ojos y olvidar por qué tuve que cerrarlos y dejar de pensarte como te pienso.
Ojalá te hubieras revelado antes así, como el reflejo palpable de un embriagador sueño. Ojalá así hubiera podido tenerte cada segundo en el que fuiste (y quizá todavía seas) todo mi tiempo y mi aliento.
Ojalá entonces, cuando aún no me habías desterrado de mi hueco y no había delimitado nuestro reino la sombra de esa frontera de carne y hueso que te anexionó al suyo, separándome de ti, arrancándome mi nombre, Amor.
Ojalá, también, hubiera sido capaz antes de gritarte que…te…
Da lo mismo, ya no hay caso, ningún ojalá borrará que es demasiado tarde.
Sin embargo, he vuelto a cerrar los ojos para dejar de pensarte como te pienso y no quiero pensarte, para que aparezca el que sí amo y deseo, el adorable mago del dedo invisible, capaz de dibujar en un rostro empañado el milagro de esta luminosa e inesperada sonrisa.
Bohémk, 10/8/03
Escrito tras la llamada de M. desde el parque de atracciones de Madrid