Fue demasiado el tiempo que pasó ideando e intentando todas clase de muertes.
La tristeza desesperante- esa que alcanza su grado máximo de formación destructora- es la más retorcida de los homicidas, con la deferencia de que te ofrece todo un catálogo desplegado ante tu ardor para optar por la solución más cómoda y factible. Morir de tantas formas, algunas no muy novedosas, métodos tradicionales, épicos, románticos, marginales, pero cada uno, bien llevado a cabo, efectivo. Cualquiera vale con tal de no despertar mañana. Los probó casi todos: tabletas de tranquilizantes, simulacros de crucifixión, desfile de filos lamiendo su carne, pasos de ciega cruzando las vías, búsqueda de aceras amenazadas por maceteros, vigas, tejas inestables... pero ninguna caída. No lo intentó con la soga, no le apetecía morir asfixiada, seguir angustiada hasta el segundo antes del fin, no, además, no sabía de dónde colgarse para yacer de forma elegante.
Decisivo: puso el pie en el alfeizar de la ventana, la inmensidad le ofreció sus pulmones, respiró como nunca lo había hecho y entonces un miedo repentino revestido de recuerdo- se vio tumbada en una cama, abrazada a un pecho, llorando por haber descubierto que en eso consistía la felicidad- le llamó por la espalda, como en un memorable e inesperado encuentro y le invitó a entrar de nuevo en la vida. Retrocedió.
Y una tarde, cuando ya había asumido que su tarea consistía en agotar todas las posibilidades, cuando le hubo pedido a la vida tiempo suficiente para rememorar aquella sensación de llorar en un abrazo, cuando arrojó a la papelera el manual de técnicas de muerte y despedida, entonces, mastica mal, con ansia- no sé, para qué coño te comes cuatro chicles a la vez- Ha sido repentino, se lo traga y va por mal camino, no, no, me falta el aire, joder, qué hago, joder, me asfixio, no, ahora no, no, no....
La muerte por atragantamiento estúpido no la habías contemplado.
Bohémk, Ejercicios de escritura automática, 14/1/05