Sigo sin entender por qué la gente compadece a los retrasados, a los ciegos, a los sordos o a aquellos que se dejaron las neuronas por caminos marginales y canallas: "Ay,pobre,q desgracia,tó por la droga, se ha quedao tonto!". Tonto y algunos con una sonrisa fácil y permanente en la boca, que quizás solamente sea automática y vacía, pero qué envidia saber que ya nada te afecta, que ya nada te preocupa, que ha mermado por completo tu dolor al no saber, al no ser consciente de lo que pasa. Drogado e inmune. Ya sé que no es así de sencillo, que está la preocupación del dinero y del consumo, pero de aquellos "dolores del alma" seguro q ya apenas se sabe.
Soy defensora de las humanidades, del conocimiento, de que la esencia mágica de un ser se descubre en su mente, en su inquietud por aprender, por que le enseñen y por sentir una extraña especie de voluptuosidad al conocerlo; pero como todo lo que se toma en exceso, acaba resultando perjudicial y hay veces en que quisiera ser la más necia, la más ciega , la más sorda y la mayor víctima del eterno letargo como consecuencia de lo prohibido. Quedarme estancada, porque ya me empapé lo suficiente.
Ahora no hablo del conocimiento intelectual, sino del conocimiento de la vida corriente, de andar por casa, no de las cuestiones generales, de los enigmas universales, sino de lo que gira alrededor de nosotros y de lo que hay más allá de los límites que sabes que no deberías cruzar.
A ver, por qué cojones tengo que saber tanto de otras vidas que se deligaron de la mía, por qué tienen que llegar a mí datos que no pido, que después de saciar la curiosidad- porque sí, porque en el fondo soy terriblemente curiosa-, quedan en el cuerpo como una cicatriz que te abrasa por dentro cada vez que la miras. Yo no quiero saber nada de historias pasadas, yo no quiero saber que ella le prepara su postre favorito y ni qué comida les ha enviado su madre, yo no quiero saber que él le regala esto o le invita a lo otro, que la despide en la puerta a tal hora sabiendo que la verá luego, ni que no sé qué día parten de viaje a no sé qué maravilloso sitio y que anoche han sido felices y que hoy le ha brindado tal gesto que a ella le hace más y más dichosa. Y soy curiosa y a veces quisiera tener una mirilla en mi cuarto que comunicara con el suyo y quisiera que el azar nos chocara en una esquina de cualquier calle, pero no quiero saber lo que no merezco: saber que ella está siendo la que yo ya no soy, que se ganó merecidamente mi papel. Veneno, veneno, veneno...
¡Maldito gato que me trae madejas y después me araña, maldito gato que no es él a quien la curiosidad mata, sino que es aquél que con makiavélikos zarpazos arremete!.
La dicha es no saber nada y continuar con tu vida, sin que llegue nadie que te convierta en una víctima de su felicidad. Qué idiota, feliz porque ella no sabe, porque todavía ignora lo que le espera cuando al saber, él le haga pasar también a este lado.