Insinuándose, él te habló del Carpe Diem, de abandonarse al momento, de no pensar en mañana. Tú, que conoces bien los estragos del placer inmediato, le contestaste que el mejor paso es el de las hormigas, que caminan lentamente, aunque seguras de que al final acabarán llegando a su destino. Pero su ansia del instante pudo más que tu recelo. Sucumbiste y caíste. Lo que no le contaste fue que los pasos de las hormigas sólo son lentos a otros ojos, nos engañan, tienen prisa, son frenéticas. Siempre has sido una hormiga y así sucumbiste, y así caíste.
Y sólo un día después descubriste, otra vez, en qué consiste aquello de vivir en la más profunda fantasía, en la mentira tejida con suposiciones, de esperanzas sostenidas con hilos de conjeturas, con lo que uno mismo, inconscientemente, le exige al destino que ponga en sus manos, que sea seguro, un peso liviano llamado compromiso, tú has llegado a mí, yo he llegado a ti: tienes que quererme, porque el tiempo se nos acaba y yo te necesito aquí, conmigo. Vente..
Pero el deseo no es suficiente, no llena la despensa y te mueres de hambre porque tu deseo y el suyo no caben en una sola boca, no sacian dos necesidades. O al menos no se trata de la misma.
Y Él no quería más que degustar tus ofrendas, aliviar un leve rugir de tripas, aplacar el cosquilleo de un batallón de hormigas impacientes que había tomado su entre pierna. Sus palabras no eran más que estrategias o la consecuencia de su delirio. No habría que haberlo tomado en cuenta y así tú no hubieras animado, ardiente y exaltadas, a tus cautelosas e ingenuas hormigas a que fueran en su busca, que delinearan junto a las suyas un camino inalterable de migas de pan, alimento de días que vivir juntos. Alianza, compromiso.
En efecto, no supiste nada de lo realmente ocurrido hasta un día después. Hubo una lucha, hormigas y deseos, saliva y gritos, y muchas muertes que provocó el placer. Él se marchó satisfecho, dejando en el aire la estela de la incertidumbre, del regreso no pactado, sin fecha, sin resolución. Tú te quedaste esperándolo con la estupidez de tus palabras -Sí, te tienes que venir, que te necesito aquí conmigo-, el cadáver de tus hormigas entre las manos y nada que poder llevarte desde entonces a la boca. Aunque sí que algo a las manos: un par de poemas-eructo (agitación de las entrañas, eructo, inspiración repentina) y un cuchillo tan deseoso como Él de lamer tus venas.