Acrobacias peligrosas con el cuchillo, tamaño mediano, que ya es un servicial apéndice de mi mano, entre movimientos cargados de resentimiento con cada corte metódicamente realizado a la manzana.
El rostro compungido, la mirada abandonada, aunque fijada por azar en la frutal y horrenda greca de los azulejos de la cocina. Mientras, repaso una vez más el soliloquio diario, febril y penta-temático que recorrerá la mente constantemente, de forma casi obsesiva, sin tregua: Él, el otro, el cabrón de más allá, yo entre todos ellos y qué coño pasa en mi vida.
El gesto se endurece, las bajas y altas pasiones se alteran y entonces la misantropía
se revela como mi nueva doctrina de pensamiento y sentimiento.
Siento que esos trozos de manzana casi insípidos son un cuerpo extraño en mi boca, un liviano peso sobre la lengua, y a pesar del hambre los mastico pausadamente, con desganas. Entre tanto, el cuchillo trazando honduras rabiosas como un perro rabioso que no sabe a quién muerde.
Y en medio de la monotonía alimenticia, la imaginación aparece en escena revestida de sadismo. A cada pedazo de manzana le atribuyo la fisonomía de uno de ellos, en esos trocitos amarillo macilento se dibujan sus cuerpos, con sus ojos, sus manos y sus bocas. Los manipulo desde mi dominio, observándolos con aire desafiante, ufano y malicioso, a él, al otro y al cabrón de más allá.
De repente, avivado el fuego del rencor, atravieso enérgicamente con el cuchillo
uno a uno esos trozos ahora malditos, por el punto en el cual, de modo aleatorio, les he ubicado el corazón. Y como en un ritual macabro, trato de vengar aquellas puñaladas de gestos y palabras por los que aún estoy sangrando.
Y sin embargo, me alimento.
Sentimiento y resentimiento ante una manzana al ahogarla en mi garganta junto a ellos, durante el postre de otro día cualquiera de otoño. Gusanos en una manzana sajada en trozos convertidos en gusanos.
Bohémk 5/9/02