Me arrancaría los ojos y los pechos
de un zarpazo más furioso que lascivo,
me extirparía el sexo y mis pocos encantos
para que no me guíen otra vez hacia el dolor,
para que no me condenen con deseos fugaces,
para que no me arrojen de nuevo a este pozo
en el que me muero de sed y de angustia
porque todos vienen a beber de mi lengua,
pero ninguno de ellos después me ofrece agua.
Y siempre ahí, inalterable y eterna: la decepción.
Siempre el aborto, la derrota, el amor en el subsuelo,
la salvación fracasada, la lengua sedienta, la rabia agorafóbica
que teme salir al exterior, que se calla, que no protesta
mientras me va quebrantando y carcomiendo los huesos
y todo hálito necesario para sentir que aún estoy viva.
Por eso es que no quiero cien veces más estos días
en los que el alma se me retuerce de dolor con el paso de las horas.
Y siempre aquí, ahí y allá. Decepción. Y siempre reavivándose en la nada.
27/12/04