HUMILLACIÓN
El funcionario,
un cacho de carne con ojos
en mangas de camisa,
dice:
Todas las cosas
de metal que tenga,
sáqueselas y déjelas
sobre esa mesa
Luego, mi abuela,
apoyada en su muleta
(hace un año
se rompió la cadera
al caer de espaldas al suelo
mientras limpiaba los cristales
de la ventana de la cocina
subida encima de una banqueta),
pasa por el detector
de metales y el detector
emite una serie de pitidos.
A lo mejor es la muleta
dice mi madre
¿Puede andar sin ella?
le pregunta el funcionario
Bueno sí, pero no querrá que
se la de a usted
y que vuelva a pasar
Y mi abuela,
su largo pelo blanco
recogido en un moño
por detrás de la cabeza,
un pañuelo negro cubriéndola,
hace lo que le ordenan
y, aunque cojeando,
consigue que el detector
de metales pite otra vez.
A ver, quítese ese pañuelo
Mi abuela obedece.
Seguro que son esas horquillas,
así que haga el favor
de soltarse el pelo
Mi madre explota:
Pero ¿no se le cae a usted
la cara de vergüenza
al hacer que una persona
tan mayor tenga
que pasar por todo esto
para ver a su nieto?
¿Quién se cree que somos nosotros?
¿Es que no sabe usted
distinguir a la calaña
de las personas honradas?
Pero ya mi abuela,
con su vestido gris,
está pasando otra vez
por el detector de metales
con idéntico resultado
que las dos veces anteriores.
Y el funcionario,
un cacho de carne,
dice:
Quítese el vestido.
Si quiere puede doblarlo
y colgarlo del respaldo
de esa silla de ahí
Mi madre está tan indignada
que no le salen
ni las palabras;
y mi abuela,
cojeando,
despeinada,
en enaguas,
consigue cruzar al otro lado
del detector de metales
sin ser delatada.
Ahora ya puede vestirse
y pasar al locutorio
dice el boqueras
No tiene usted
perdón de Dios
dice mi madre
Y mi abuela, que al ir
a ponerse el vestido
ha encontrado en un bolsillo
una moneda suelta,
se acerca al boqui
y le dice:
Perdón señor,
¿sería esto lo que sonaba?
y le pone delante de los ojos,
a modo de espejo en miniatura,
una peseta
con la cara de Franco.
David González, El demonio te coma las orejas, 1997